sábado, marzo 15, 2008

Ironía

No entiendo este remolino a mi alrededor, todas estas mujeres gritando, la banda de viento tocando fanfarrias. Recuerdo estar de pie, aquí en el atrio, esperando a que salieras de misa. Hoy te tocaba oficiar una boda. Anoche nos reímos cuando dijiste "algún día tendré que casarte a ti". Luego me diste un largo beso en la frente y me acomodaste los cabellos antes de despedirte. Entré a casa y corrí a mi ventana para ver cómo te alejabas por la otra calle. Alcancé a verte darle unas monedas y la bendición a la vieja de la esquina. Después te perdiste en medio de la noche obscura. Tarea fácil. Negra tu ropa, negros tus ojos. Me fui a dormir pensando en la suavidad de tus manos, en tus palabras atentas.

Me despertó el ruido de los platos rotos. Mi padre llegó borracho, con las manos llenas de tierra y una ceja rota, cubierta la cara de sangre. Entró a la casa dando un portazo. Olía a aguardiente y sudor. Se había vuelto a pelear en la cantina. Se burlaron de él preguntándole si estaba esperando a que yo fuera mayor de edad para meterme a la cárcel por asesina.

Empezó a romper todo mientras aullaba mi nombre, que también es el de mi madre, que en paz descanse. Yo me hundí cuanto pude en mi cama, tratando de desaparecer, mientras él se revolvía enfurecido por la casa gritando que sí, que yo había matado a lo que él más quería, que le había quitado lo único bueno que había disfrutado, que mil veces hubiera preferido verme muerta a mí que a ella, que ojalá yo nunca hubiera nacido porque al salir de su vientre me llevé sus entrañas.

Cuando no encontró más que romper se acercó a mi cama y me sacó la cara de entre las cobijas. Apreté los labios esperando el golpe. En vez de eso empezó a llorar muy bajo y en un susurro maldijo a mi madre por querer un hijo y me maldijo a mí por tener sus ojos. Me abrazó muy fuerte y empezó a sonreír, tranquilo. Creí que ya todo había pasado, que me diría “mi niña” y se iría a dormir. Entonces me miró fijamente y me dio un pequeño beso en la boca, como a veces haces tú. Empecé a temblar de miedo. Lo miré asustada y él cubrió mis ojos. Me dio otro beso y entró en mi cama diciendo mi nombre, pero llamando a mi madre.

Desperté esta mañana con el cuerpo adolorido y un sabor amargo en la boca. Mi padre no estaba por ningún lado. Al poco empecé a recordar, como entre sueños, que al marcharse dijo que la muerte no nos había separado, pero yo me quedé sin entender. Por eso vine a verte a la iglesia, aunque sé que no te gusta. Quería preguntarte si todavía es cierto que algún día vas a casarme o si tengo que quedarme con mi padre para siempre. Cuando acabó la misa caminé hacia ti, pero la gente me rodeó. No sé si me miraste, pero después yo te perdí en medio de este ruido y todo este blanco color. Escuché gritos de sorpresa y me encontré apretando los brazos muy fuerte contra mi pecho. Ahora no me puedo separar de todas estas caras que me sonríen con sorna, me felicitan y no me dejan ir hacia ti. ¿Por qué? Ah, ya veo. Esto que tengo en las manos es el ramo de la novia.

2 comentarios:

Quien Resulte Responsable dijo...

Condición sine qua non para que un cura utilice su potencial es que se levante la sotana...

Grimalkin dijo...

Yo qué sé...