Ya es muy tarde, acabo de llegar de otro cumpleaños. Estoy medio molida por todas las vueltas que hemos dado. Al centro por una olla, al mercado por la carne, a la tienda por complementos. Mi mamá ya puso manos a la obra. Hasta aquí empieza a llegar el olor a pozole.
Me costó trabajo, pero ya tengo lo que van a regalar los 12 luchadores de plástico que eché en mi piñata. A ver quién se los lleva. También están listos los paneles que van a decorar la sala. El arquitecto y yo estuvimos chambeando en ellos hasta las 3 de la mañana de ayer. Ahora solo falta montarlos.
No he hecho el mouse, ni el agua de horchata. Hay grandes cantidades de verduras por picar. La sala no está nada presentable; el piso está lleno de bolsas de mandado, los sillones fuera de su lugar y la mesa atiborradas de chuchería y media. A la cocina no me he querido asomar. El piso de arriba también parece un campo de batalla. Sería bueno que me durmiera. Pero sería mejor que me apurara, apagara la computadora para guardarla y desocupara esta mesa para tener más espacio dónde comer mañana. Mmmh... sí, comer. Ya me dió hambre, toda la casa huele delicioso.
Ya me voy. Ojalá mi mamá me deja probar aunque sea el caldito.
sábado, enero 05, 2008
jueves, enero 03, 2008
Premios, menciones, ¡viva!
Perfecto, este diciembre le gané a Green Day. ¡Yay!
También me latió el link honorífico del Conejo Blanco. Siempre es agradable que haya quien opine que no soy complicada ;)
También me latió el link honorífico del Conejo Blanco. Siempre es agradable que haya quien opine que no soy complicada ;)
miércoles, enero 02, 2008
30, al fin
Llevo mucho tiempo pensando en este día. La última vez que pensé tanto en uno de mis cumpleaños fue cuando estaba por cumplir 10. Me impresionaba bastante la idea de añadir un dígito a mi edad. Un dígito... No es cualquier cosa.
No sé qué me pasó esta vez, pero llevo algunos meses molestando a mi jefa diciéndole "ya mero cumplo 30". Siempre me respondía "pero todavía no, niña" y amagaba con darme un coscorrón. Pero ya los cumplí y no ocurrió nada. Solo me siento como un avión caza, volando entre las nubes a toda velocidad, cayendo de repente en picada, levantando la nariz en el último momento y yendo hacia las nubes otra vez.
Qué bonito. Viviré los siguientes 30 años así.
No sé qué me pasó esta vez, pero llevo algunos meses molestando a mi jefa diciéndole "ya mero cumplo 30". Siempre me respondía "pero todavía no, niña" y amagaba con darme un coscorrón. Pero ya los cumplí y no ocurrió nada. Solo me siento como un avión caza, volando entre las nubes a toda velocidad, cayendo de repente en picada, levantando la nariz en el último momento y yendo hacia las nubes otra vez.
Qué bonito. Viviré los siguientes 30 años así.
martes, enero 01, 2008
¿2008?
Muero de frío. De veras muero de frío. De niña no me gustaba el año nuevo porque me equivocaba al escribir la fecha hasta por ahí de febrero. Sin embargo, si consideramos que olvidé la forma de la "f" en las vacaciones entre segundo y tercero de secundaria, hablamos de pecata minuta.
En mi casa la cena de año nuevo siempre ha sido como la versión de ensayo de la cena de navidad, salvo el orden cronológico, por supuesto. El 24 es en serio, pero el 31 nos conformamos con imprimir en calidad de borrador.
¿Propósitos de año nuevo? Sí, tengo algunos. Nada que valga mucho la pena enunciar. Sólo les diré que van a marearse menos con el orden de los post este año. Aunque es posible que todavía aparezcan algunas cosas del anterior.
Creo que eso es lo que más me gusta ahora del año nuevo. El permiso que nos damos a nosotros mismos de tirar cosas a la basura: propósitos inútiles, manías resecas, ideas gastadas, proyectos empolvados, recuerdos añejos, intentos infructuosos. Solo para el 1 de enero se fomenta masivamente la muy saludable conducta de decir "al demonio con esto". Debiéramos hacerlo más a menudo.
Propongo volver a escombrar el armario mental el 2 de febrero que viene. No me parece mala fecha; la tele asocia de manera indisoluble los momentos de reflexión con la presencia de comida en abundancia. En una de esas acabamos llegando al tao con solo mirar nuestro plato repleto de hojas de tamal vacías.
En mi casa la cena de año nuevo siempre ha sido como la versión de ensayo de la cena de navidad, salvo el orden cronológico, por supuesto. El 24 es en serio, pero el 31 nos conformamos con imprimir en calidad de borrador.
¿Propósitos de año nuevo? Sí, tengo algunos. Nada que valga mucho la pena enunciar. Sólo les diré que van a marearse menos con el orden de los post este año. Aunque es posible que todavía aparezcan algunas cosas del anterior.
Creo que eso es lo que más me gusta ahora del año nuevo. El permiso que nos damos a nosotros mismos de tirar cosas a la basura: propósitos inútiles, manías resecas, ideas gastadas, proyectos empolvados, recuerdos añejos, intentos infructuosos. Solo para el 1 de enero se fomenta masivamente la muy saludable conducta de decir "al demonio con esto". Debiéramos hacerlo más a menudo.
Propongo volver a escombrar el armario mental el 2 de febrero que viene. No me parece mala fecha; la tele asocia de manera indisoluble los momentos de reflexión con la presencia de comida en abundancia. En una de esas acabamos llegando al tao con solo mirar nuestro plato repleto de hojas de tamal vacías.
jueves, diciembre 20, 2007
El salar de Uyuni
Si hay algo que no quiero repetir es pasar mi cumpleaños haciendo un viaje en camión. El 2 de enero salí con rumbo a Uyuni a las 7 de la mañana. Después de mis primeras experiencias con los transportes terrestres bolivianos no me pareció una exageración pedir en cada boletería de la terminal que me mostraran los camiones con los que prestaban sus servicios. Después de haber hecho enojar a más de una dependienta elegí para este viaje una empresa con camioncitos amarillos bastante decentes. A las 10 llegamos a Potosí donde haríamos escala por un par de horas. Aprovechando que ya conocía el lugar me fui rápidamente a probar suerte con la Casa de Moneda y a conseguir algo de comida. A mi regreso, cual no sería mi sorpresa al ver mi mochila hasta arriba de un camión tanto o más feo que todos los que había despreciado en Sucre. Me eché a reír de buena gana. Por lo menos habían respetado mi lugar junto a la ventanilla.
Las sorpresas no acabaron ahí. A pesar de que Uyuni es cabecera de departamento, la mejor ruta de acceso es una terracería; muy mala, por cierto. Además ésta era una corrida con pasillo. Esto quiere decir que no solo dejan subir a tantas personas como asientos haya, sino que también le permiten el acceso a todo aquel que pueda acomodarse en el pasillo. Nunca averigüé, pero supongo que dicha modalidad de servicio debe ser bastante barata porque la gente se hacina de manera impresionante.
Llevábamos casi tres horas de dar tumbos entre el polvo y las piedras cuando el camión se detuvo en medio de nada y los pasajeros empezaron a bajar rápidamente. Ante mi mirada de desconcierto alguien dijo "el chofer va a comer" y me bajé también. A un lado del camino había un pequeño cuarto de ladrillo gris y algunas otras paredes derruidas. Casi todos habían entrado ahí, pero el olor que profería el lugar era tan denso que me puse a buscar una piedra que estuviera a la sombra para sentarme. Después de 45 minutos de espera recordé la respuesta de la chica que me vendió el boleto cuando le pregunté a qué hora llegaríamos a Uyuni. "Entre 6 y 7 de la noche, depende del chofer." En aquel momento yo había asumido que se refería a que cada uno manejaba a velocidad diferente, pero después de semejante espera caí en la cuenta que el verdadero factor de peso era que cada uno comía a velocidad diferente.
En Uyuni, el pueblo, no hay nada. De veras nada. Pero eso era lo de menos, porque conseguí lo que quería: una rebanada de pastel para celebrar mi cumpleaños esa noche y un paseo por el salar para el día siguiente.
Las sorpresas no acabaron ahí. A pesar de que Uyuni es cabecera de departamento, la mejor ruta de acceso es una terracería; muy mala, por cierto. Además ésta era una corrida con pasillo. Esto quiere decir que no solo dejan subir a tantas personas como asientos haya, sino que también le permiten el acceso a todo aquel que pueda acomodarse en el pasillo. Nunca averigüé, pero supongo que dicha modalidad de servicio debe ser bastante barata porque la gente se hacina de manera impresionante.
Llevábamos casi tres horas de dar tumbos entre el polvo y las piedras cuando el camión se detuvo en medio de nada y los pasajeros empezaron a bajar rápidamente. Ante mi mirada de desconcierto alguien dijo "el chofer va a comer" y me bajé también. A un lado del camino había un pequeño cuarto de ladrillo gris y algunas otras paredes derruidas. Casi todos habían entrado ahí, pero el olor que profería el lugar era tan denso que me puse a buscar una piedra que estuviera a la sombra para sentarme. Después de 45 minutos de espera recordé la respuesta de la chica que me vendió el boleto cuando le pregunté a qué hora llegaríamos a Uyuni. "Entre 6 y 7 de la noche, depende del chofer." En aquel momento yo había asumido que se refería a que cada uno manejaba a velocidad diferente, pero después de semejante espera caí en la cuenta que el verdadero factor de peso era que cada uno comía a velocidad diferente.
En Uyuni, el pueblo, no hay nada. De veras nada. Pero eso era lo de menos, porque conseguí lo que quería: una rebanada de pastel para celebrar mi cumpleaños esa noche y un paseo por el salar para el día siguiente.
miércoles, diciembre 19, 2007
Cambio de año
Tengo por costumbre tomar un día del año para no hacer absolutamente nada. Esta vez le tocó al 1 de enero. No tomé fotos, no revisé mi correo, no escribí nada. Pero hice un poco más que en otras ocasiones.
A las 10 de la mañana estaba en la azotea del hotel lavando mi ropa. No crean que me desmañané ni que me la pasé mal; en lo absoluto. A pesar de haber bailado hasta la madrugada, bebido cuantas caipiriñas pude pagar y pasado un frío del demonio que no me dejaba conciliar el sueño, abrí los ojos bien temprano. No tenía sueño, el día se veía lindo y decidí aprovechar el tiempo. Después de haber estado jugando un rato con la espuma, al medio día me senté a ver como se secaba mi ropa. A mi alrededor no se escuchaba un ruido, todos seguían durmiendo. Para no molestar a nadie me tomé mi lechita y mis galletas en absoluto silencio. Traté de sintonizar alguna estación de radio, pero no encontré nada interesante. Recuerdo bien el sol claro de esa mañana, era tan tibio que quizá hasta me quedé dormida en mi silla.
Más tarde fui a un parque a ver pasar gente. Miré parejas de novios, niños en bicicletas y algunas beatas. Luego caminé por las cercanías del mercado y reconocí algunos rostros de la noche anterior. Yo debía lucir igual, con unas ojeras terribles pero sonriente. No hablé con nadie, no tenía ganas de pronunciar palabra. Di vueltas y más vueltas. En la noche me compré unas salchipapas (que son exactamente lo que se acaban de imaginar), me las comí en mi cuarto y me dormí.
A las 10 de la mañana estaba en la azotea del hotel lavando mi ropa. No crean que me desmañané ni que me la pasé mal; en lo absoluto. A pesar de haber bailado hasta la madrugada, bebido cuantas caipiriñas pude pagar y pasado un frío del demonio que no me dejaba conciliar el sueño, abrí los ojos bien temprano. No tenía sueño, el día se veía lindo y decidí aprovechar el tiempo. Después de haber estado jugando un rato con la espuma, al medio día me senté a ver como se secaba mi ropa. A mi alrededor no se escuchaba un ruido, todos seguían durmiendo. Para no molestar a nadie me tomé mi lechita y mis galletas en absoluto silencio. Traté de sintonizar alguna estación de radio, pero no encontré nada interesante. Recuerdo bien el sol claro de esa mañana, era tan tibio que quizá hasta me quedé dormida en mi silla.
Más tarde fui a un parque a ver pasar gente. Miré parejas de novios, niños en bicicletas y algunas beatas. Luego caminé por las cercanías del mercado y reconocí algunos rostros de la noche anterior. Yo debía lucir igual, con unas ojeras terribles pero sonriente. No hablé con nadie, no tenía ganas de pronunciar palabra. Di vueltas y más vueltas. En la noche me compré unas salchipapas (que son exactamente lo que se acaban de imaginar), me las comí en mi cuarto y me dormí.
martes, diciembre 18, 2007
Tarabuco
En vista de que el primer día del 2007 no habría manera de moverme de Sucre, me dispuse a explorar los alrededores. El 31 de diciembre fue domingo, día de tianguis en Tarabuco, un pueblo cercano a la capital constitucional. Allí pasé casi todo el día.
El tamaño del lugar, sus calles, su movimiento efervescente y recatado, como de esa gente que corre en pequeños pasos o se ríe con pena cubriéndose la boca, me recordaron ligeramenta a Alcozauca, el pueblo de mi madre. En mi nostalgia incluso encontraba semejanzas entre el acento de los bolivianos y el de los habitantes de la montaña de Guerrero. "Nada más falso", me decía.
Tarabuco tiene una pequeña plaza frente a la iglesia y en esas aceras se desparraman puestos callejeros que venden desde zapatos para niños hasta machetes, pasando por remedios caseros y algunas curiosidades. Después de caminar me compré un helado y me senté en una banca. Desde ahí vi como unos novios salían de la iglesia, conté cuántos perros traían un trapo rojo en el cuello y despaché amablemente a más de un pedigüeño antes de regresar a Sucre.
Fue bonito el lugar.
El tamaño del lugar, sus calles, su movimiento efervescente y recatado, como de esa gente que corre en pequeños pasos o se ríe con pena cubriéndose la boca, me recordaron ligeramenta a Alcozauca, el pueblo de mi madre. En mi nostalgia incluso encontraba semejanzas entre el acento de los bolivianos y el de los habitantes de la montaña de Guerrero. "Nada más falso", me decía.
Tarabuco tiene una pequeña plaza frente a la iglesia y en esas aceras se desparraman puestos callejeros que venden desde zapatos para niños hasta machetes, pasando por remedios caseros y algunas curiosidades. Después de caminar me compré un helado y me senté en una banca. Desde ahí vi como unos novios salían de la iglesia, conté cuántos perros traían un trapo rojo en el cuello y despaché amablemente a más de un pedigüeño antes de regresar a Sucre.
Fue bonito el lugar.
lunes, diciembre 17, 2007
El cerro rico del Potosí
Fui de Sucre a Potosí con la intención de estar solo unas horas. No sabía mucho de aquel lugar, pero había decidido pasarme el año nuevo en la capital constitucional, así que mi visita era de pisa y corre. Quería dar una vuelta por el centro del lugar y visitar una mina, no más.
De la ciudad me decepcioné bien pronto. El lugar no era nada lindo y los edificios como la catedral y el cabildo estaban siendo remozados (refaccionados, como dicen allá). Pronto encontré un paseo hacia el cerro del Potosí y esperé conforme la hora en que iniciaría.
Eramos seis turistas en total. Todos excepto yo, teutones. Uno de los guías hablaba fluidamente en alemán con los cuatro que iban en grupo mientras el último conversaba conmigo en un español acre, pero muy bueno. Para mi sorpresa, la combi en la que íbamos se detuvo de pronto en una calle cualquiera cuando se suponía que nos dirigíamos al Cerro. No se veía nada alrededor, ya no digamos una plaza, ni siquiera una tienda. Nos condujeron hacia una puerta desvencijada y desconfié de la situación. No me pregunten porqué, pero me tranquilicé cuando vi a uno de los guías saludando cariñosamente a un perro.
Al fondo de la casa había un cuarto con pertrechos para mineros. Nos repartieron casacas y pantalones para cubrir nuestras ropas, cambiamos nuestros zapatos por botas de hule y nos ajustaron cascos con sendas lámparas y pilas, éstas últimas, pesadísimas. Nos veíamos ridículos.
De vuelta a la combi creí que, ahora sí, iríamos al cerro. Falso. Nos detuvimos en una calle muy animada con varios comercios y gente yendo de arriba abajo. Ahí me di cuenta que había dos niñas con nosotros, eran hermanas de uno de los guías. Ellas, el alemán con el que había estado platicando y yo entramos a una de las tiendas donde apenas cabíamos. El lugar era oscuro y tenía viejos anaqueles de madera ennegrecidos por el tiempo. Había cartuchos de dinamita, bidones de combustible, botellas de alcohol y cantidad de otros objetos amontonados aquí y allá. El alemán gastó una cantidad decente de dinero en una serie de cosas que el guía le puso delante. Yo solo pagué 3 bolivianos por una bolsa de hojas de coca.
Ya no hubo más escalas, por fin íbamos al Cerro. El en camino el guía nos contó el modo en el que actualmente se explota éste. Existen cooperativas que controlan uno o varios tiros de la mina. La gente busca asociarse a los que considera más productivos, pero lo único que obtienen es el derecho de acceso porque en realidad no hay organización laboral de ninguna clase. Una vez adentro deben luchar por un espacio para excavar y terminan sacando lo que puedan cargar por ellos mismos. Los más adinerados pueden contratar trabajadores y se las arreglan para ejercer su control sobre las áreas más privilegiadas de la mina, mientras que los más sencillos deben conformarse con los pasadizos más pobres o menos accesibles.
El guía nos contó que su padre había trabajado toda su vida para la misma cooperativa. Él y sus conocidos se cuidaban unos a otros cuando encontraban alguna veta. Se turnaban para que siempre hubiera alguien en el lugar para así no perder el producto de su trabajo, por magro que fuera. Trabajando así, a destajo, el hombre se acabó los pulmones, las rodillas, la piel, los ojos. Al cabo de los años se quedó sin nada. Aunque tuvo oportunidades de dedicarse a otros oficios, nunca las tomó. El guía observó que la gran mayoría de los mineros son como los adictos al juego. Siempre están a la espera de un golpe de suerte que cambie sus vidas para siempre. Entre ellos circulan sin cesar las historias de aquellos que consiguieron cambiar su fortuna gracias a la mina, al Cerro Rico. No les importa si eso ocurrió hace 20 o 30 años, si la riqueza obtenida fue en realidad efímera o si toda la historia no es más que una mentira. Siguen esperando, apostando su vida en ello. Están los que se aferran a un solo tunel, como los jugadores que siempre ponen sus fichas sobre un único número. También hay quienes suben y bajan por los tiros con la misma ansiedad de aquellos que pasean entre las mesas sin poder decidir si harán su última apuesta en la ruleta o en el black jack. Pero esto no es un casino. Aquí no solo se trata de perder dinero, también se deja la vida. Aparte de los incontables accidentes, los derrumbes, las inundaciones; además de la merma constante de la salud, de la continua disminución de las capacidades de la gente, hay otros peligros. No recuerdo si los hechos ocurrieron cuando el guía o su padre eran niños, pero en realidad no importa. Ocurrió un día que dos cooperativas empezaron a encontrar indicios en la tierra de que se acercaban a una veta importante. Quizá de plata, si es que algo queda. Cada día bajaban más mineros para trabajar a marchas forzadas y así poder adjudicarse por completo el derecho del descubrimiento. Pero ocurrió lo peor: aunque por lados opuestos, llegaron al mismo tiempo. Se desató entonces una batalla encarnizada entre los bandos. Todos tomaron partido esperando hacerse con algo de la gloria del vencedor. Potosí se dividió en dos y los enfrentamientos, las peleas, no se hicieron esperar. Bien pronto ocurrieron los primeros asesinatos y las represalias por éstos llevaron a que se cometieran más. Las traiciones también eran frecuentes. Los mineros cambiaban de bando según parecía convenirles. Algunos que creían bajar con amigos no volvían más. Pronto la ciudad se volvió ingobernable. Nadie parecía querer mediar, mucho menos interferir. El poder económico terminó por zanjar la cuestión. Alguien puso más dinero sobre la mesa y terminó llevándose las ganancias. Dicen que siempre es así: el metal deja la tierra, pero la sangre se queda en ella.
Con historias así bajamos a la mina. Subimos antes de lo planeado porque una vez abajo sentí cómo yo iba desapareciendo, cómo cada uno de mis sentidos dejaba de funcionar, cómo mi mente se apagaba, se oscurecía y se negaba a responder. El calor había cerrado mi garganta, el polvo cegado mis ojos y el cansancio antes que el miedo se apoderaron de mi cuerpo. Logré salir porque una pequeña luz quedó encendida en mi cabeza, una ligera conciencia de que eso no era el final. Y tuve razón.
Díganme si no.
De la ciudad me decepcioné bien pronto. El lugar no era nada lindo y los edificios como la catedral y el cabildo estaban siendo remozados (refaccionados, como dicen allá). Pronto encontré un paseo hacia el cerro del Potosí y esperé conforme la hora en que iniciaría.
Eramos seis turistas en total. Todos excepto yo, teutones. Uno de los guías hablaba fluidamente en alemán con los cuatro que iban en grupo mientras el último conversaba conmigo en un español acre, pero muy bueno. Para mi sorpresa, la combi en la que íbamos se detuvo de pronto en una calle cualquiera cuando se suponía que nos dirigíamos al Cerro. No se veía nada alrededor, ya no digamos una plaza, ni siquiera una tienda. Nos condujeron hacia una puerta desvencijada y desconfié de la situación. No me pregunten porqué, pero me tranquilicé cuando vi a uno de los guías saludando cariñosamente a un perro.
Al fondo de la casa había un cuarto con pertrechos para mineros. Nos repartieron casacas y pantalones para cubrir nuestras ropas, cambiamos nuestros zapatos por botas de hule y nos ajustaron cascos con sendas lámparas y pilas, éstas últimas, pesadísimas. Nos veíamos ridículos.
De vuelta a la combi creí que, ahora sí, iríamos al cerro. Falso. Nos detuvimos en una calle muy animada con varios comercios y gente yendo de arriba abajo. Ahí me di cuenta que había dos niñas con nosotros, eran hermanas de uno de los guías. Ellas, el alemán con el que había estado platicando y yo entramos a una de las tiendas donde apenas cabíamos. El lugar era oscuro y tenía viejos anaqueles de madera ennegrecidos por el tiempo. Había cartuchos de dinamita, bidones de combustible, botellas de alcohol y cantidad de otros objetos amontonados aquí y allá. El alemán gastó una cantidad decente de dinero en una serie de cosas que el guía le puso delante. Yo solo pagué 3 bolivianos por una bolsa de hojas de coca.
Ya no hubo más escalas, por fin íbamos al Cerro. El en camino el guía nos contó el modo en el que actualmente se explota éste. Existen cooperativas que controlan uno o varios tiros de la mina. La gente busca asociarse a los que considera más productivos, pero lo único que obtienen es el derecho de acceso porque en realidad no hay organización laboral de ninguna clase. Una vez adentro deben luchar por un espacio para excavar y terminan sacando lo que puedan cargar por ellos mismos. Los más adinerados pueden contratar trabajadores y se las arreglan para ejercer su control sobre las áreas más privilegiadas de la mina, mientras que los más sencillos deben conformarse con los pasadizos más pobres o menos accesibles.
El guía nos contó que su padre había trabajado toda su vida para la misma cooperativa. Él y sus conocidos se cuidaban unos a otros cuando encontraban alguna veta. Se turnaban para que siempre hubiera alguien en el lugar para así no perder el producto de su trabajo, por magro que fuera. Trabajando así, a destajo, el hombre se acabó los pulmones, las rodillas, la piel, los ojos. Al cabo de los años se quedó sin nada. Aunque tuvo oportunidades de dedicarse a otros oficios, nunca las tomó. El guía observó que la gran mayoría de los mineros son como los adictos al juego. Siempre están a la espera de un golpe de suerte que cambie sus vidas para siempre. Entre ellos circulan sin cesar las historias de aquellos que consiguieron cambiar su fortuna gracias a la mina, al Cerro Rico. No les importa si eso ocurrió hace 20 o 30 años, si la riqueza obtenida fue en realidad efímera o si toda la historia no es más que una mentira. Siguen esperando, apostando su vida en ello. Están los que se aferran a un solo tunel, como los jugadores que siempre ponen sus fichas sobre un único número. También hay quienes suben y bajan por los tiros con la misma ansiedad de aquellos que pasean entre las mesas sin poder decidir si harán su última apuesta en la ruleta o en el black jack. Pero esto no es un casino. Aquí no solo se trata de perder dinero, también se deja la vida. Aparte de los incontables accidentes, los derrumbes, las inundaciones; además de la merma constante de la salud, de la continua disminución de las capacidades de la gente, hay otros peligros. No recuerdo si los hechos ocurrieron cuando el guía o su padre eran niños, pero en realidad no importa. Ocurrió un día que dos cooperativas empezaron a encontrar indicios en la tierra de que se acercaban a una veta importante. Quizá de plata, si es que algo queda. Cada día bajaban más mineros para trabajar a marchas forzadas y así poder adjudicarse por completo el derecho del descubrimiento. Pero ocurrió lo peor: aunque por lados opuestos, llegaron al mismo tiempo. Se desató entonces una batalla encarnizada entre los bandos. Todos tomaron partido esperando hacerse con algo de la gloria del vencedor. Potosí se dividió en dos y los enfrentamientos, las peleas, no se hicieron esperar. Bien pronto ocurrieron los primeros asesinatos y las represalias por éstos llevaron a que se cometieran más. Las traiciones también eran frecuentes. Los mineros cambiaban de bando según parecía convenirles. Algunos que creían bajar con amigos no volvían más. Pronto la ciudad se volvió ingobernable. Nadie parecía querer mediar, mucho menos interferir. El poder económico terminó por zanjar la cuestión. Alguien puso más dinero sobre la mesa y terminó llevándose las ganancias. Dicen que siempre es así: el metal deja la tierra, pero la sangre se queda en ella.
Con historias así bajamos a la mina. Subimos antes de lo planeado porque una vez abajo sentí cómo yo iba desapareciendo, cómo cada uno de mis sentidos dejaba de funcionar, cómo mi mente se apagaba, se oscurecía y se negaba a responder. El calor había cerrado mi garganta, el polvo cegado mis ojos y el cansancio antes que el miedo se apoderaron de mi cuerpo. Logré salir porque una pequeña luz quedó encendida en mi cabeza, una ligera conciencia de que eso no era el final. Y tuve razón.
Díganme si no.
domingo, diciembre 16, 2007
¿En qué me quedé?
Reviso mis archivos y descubro con sorpresa que la última vez que subí fotos de mi viaje a Sudamérica fue el 1 de agosto. Al día siguiente di una breve explicación de mi sentir. La releo y aún la comparto, pero me he propuesto eliminar cualquier sentimiento sombrío que ose rondar esa, mi mejor experiencia.
Mañana se cumplirá un año que empecé ese viaje. Para iniciar con el siguiente, que no sé que rumbo tendrá, debo acabar con el anterior de una buena vez.
Estén pendientes.
Mañana se cumplirá un año que empecé ese viaje. Para iniciar con el siguiente, que no sé que rumbo tendrá, debo acabar con el anterior de una buena vez.
Estén pendientes.
sábado, diciembre 15, 2007
¡Pista!
Se quejan algunos de mis lectores de que no es fácil seguirle el paso a este blog. Que no hay quien les avise qué onda conmigo, cuándo hay nuevos post ni dónde. Para ellos y para cualquier otro interesado en darle seguimiento a esta página o a casi cualquier otra, tengo algunas soluciones.
La primera es que abran esta página con casi cualquier Firefox o con Internet Explorer (del 7 en adelante, me parece) y le piquen al cuadrito naranja con onditas que sale por ahí. Eso los lleva a una página en la que podrán suscribirse para recibir actualizaciones sobre este lugar.
Otra es que usen Google Reader. Si son usuarios de Gmail u algún otro servicio de Google, pueden personalizar una pestaña de su página de inicio para que aparezcan ahí las alertas sobre las nuevas publicaciones de éste y otros sitios.
Ahora que si quieren algo más exótico, hay dos fosas en las que se pueden echar un clavado y elegir a su gusto. Una está en Wikipedia y la otra en un sitio más especializado.
Suerte (:
La primera es que abran esta página con casi cualquier Firefox o con Internet Explorer (del 7 en adelante, me parece) y le piquen al cuadrito naranja con onditas que sale por ahí. Eso los lleva a una página en la que podrán suscribirse para recibir actualizaciones sobre este lugar.
Otra es que usen Google Reader. Si son usuarios de Gmail u algún otro servicio de Google, pueden personalizar una pestaña de su página de inicio para que aparezcan ahí las alertas sobre las nuevas publicaciones de éste y otros sitios.
Ahora que si quieren algo más exótico, hay dos fosas en las que se pueden echar un clavado y elegir a su gusto. Una está en Wikipedia y la otra en un sitio más especializado.
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