jueves, agosto 02, 2007

Después

Hace días que una de las pestañas de mi navegador tenía el borrador de la nota que acabo de publicar sobre mi arribo a la ciudad de Sucre. La he estado evadiendo deliberadamente al igual que al resto de mis recuerdos de viaje. Lo cierto es que me asustan un poco. Desde que volví me descubro pensando en Tucumán, Bariloche, Santiago, Comodoro Rivadavia y otros sitios que no tienen relación aparente con mi cotidianidad. Pero a mi mente no vienen los sitios prominentes de estas ciudades. A mí vienen las callejuelas, los cafés simples, las habitaciones solitarias, los lugares comunes. Me veo caminando entre gente que no me reconoce y de la cual no espero nada, viviendo horas sin arraigo, días en los que nadie nunca me miró a los ojos. Me veo feliz.

¿Será ese mi estado natural, el más adecuado, el mejor? Siento desazón al responder, pero es cierto que nunca me sentí más viva. Quise andar todos los kilómetros que pudiera sacarle a esta oportunidad única que yo me había buscado. Quise darle a mis ojos todos los paisajes posibles, a mis oídos todas las entonaciones de mi idioma, a mi boca todos los sabores de la tierra. Tuve, al fin, un objetivo y la decisión de alcanzarlo.

Cada momento de incomodidad, de cansancio, de hambre, de incertidumbre, de miedo, de desvelo, de dolor, tuvo sentido. Toda ciudad nueva, todo camino por recorrer, toda calle no pisada eran misterio y recompensa a la vez. Abría mis ojos cada mañana con curiosidad y expectación, con determinación y energía para continuar, para seguir y avanzar. Necesité de todos mis sentidos, de toda mi entereza, de toda mi fuerza y madurez. Y aunque mil veces me sentí desfallecer no me di un minuto de respiro porque no era necesario. Estar volcada en una tarea que requiriera la mejor expresión de mí me sació y satisfizo como nunca antes. Viviendo, de veras viviendo, pasé 71 días.

Luego volví al tren de mis pequeñas obligaciones, sintiendo aún la realización de esos días. Me creí una persona diferente, nueva, completa y en verdad lo era. Creí que había dejado atrás la pesada carga del pasado. Creí que podría traducir todo lo vivido en la energía y materia de un nuevo punto de partida. Creí haber cambiado mi fortuna. Pero un buen día desperté y me di cuenta que todo lo ganado estaba ya perdido. La burbuja se había roto. Nunca logré materializar el sueño.

Ahora estoy aquí, sin sentido. No sé que hacer con estos recuerdos que pienso son de otro. ¿De qué me sirve este ayer si no me ayuda con el mañana? No me considero capaz de repetir el hechizo. Siento sobre mí más muros de los que fui capaz de quitarme. Este descenlace ha podrido mi esperanza. Y ahora más que nunca odio ver pasar cada día sintiéndome desperdiciada.

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