jueves, septiembre 06, 2007

No, nunca lo diré

Amor de tarde

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme «¿Qué tal?» y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.


Mario Benedetti

martes, septiembre 04, 2007

Rechazo

Cuando escucho a David Bowie, inevitablemente pienso en él. No puedo evitarlo, es de mis reflejos condicionados más marcados y creo que de los más frescos también. Lo conocí una tarde por casualidad y estuvimos frecuentándonos un tiempo demasiado breve. De él aprendí mucho en esos días. Música, filosofía, pintura, poesía. La forma en que estructuraba sus ideas y las hacía fluir era lo más fascinante.

Era extraño saber su mirada lejos de mí, sin importar que estuviera viéndome a los ojos. Había días que le daba a sus palabras un ligero tono de desdén que a mí me resultaba doloroso. Además, cualquier cosa que yo dijera era finamente eludida por su discurso y, si acaso valía la pena, integrada como si hubiera surgido del paisaje. Nada más. Si alguna vez me escuchó con atención fue la tarde que le hablé de Brueghel, pero después no volví a verlo. Se fue a Londres sin despedirse. Supe que sólo se había llevado lo indispensable y, obviamente, yo nunca cupe allí.

lunes, septiembre 03, 2007

Madrugar

Desde la semana pasada tengo clases de francés a las 7 de la mañana. La última vez que tuve clases tan temprano fue en la maestría y de eso ya pronto van a ser 5 años. Si bien sólo voy al curso dos días de la semana, he tratado de llevar diariamente un horario más o menos madrugador para tener un ritmo más homogéneo en general. No ha sido fácil porque todo este año había estado acostándome hasta muy entrada la noche. Esa estrategia me resultaba agradable para trabajar y el horario de la especialidad me lo permitía. Sin embargo, yo estaba desfasada del resto del mundo y los días me rendían más bien poco.

Aunque traté de ajustarme a este horario gradualmente, no lo conseguí. Sólo ahora que tengo la obligación encima he hecho algo al respecto. Sin embargo, y pese a mi buen comportamiento, justo ahora (¡9 de la noche!) me estoy cayendo de sueño y eso me resulta extraño. Pero no opondré más resistencia, me iré a la cama antes de seguir tan incoherente como ahora.

domingo, septiembre 02, 2007

Vero

Hoy comí delicioso. Queso fundido, pan, jamón serrano, salami, cerezas y una botella de shiraz; chocolates para el postre, por supuesto. Siempre que quedamos en domingo la cita es a las 3. Yo creí que iba a haber tortas de salmón, la especialidad de la casa, pero lo de hoy implicó menos trabajo y quedó también muy rico.

A veces pasan meses sin que nos veamos y de repente tenemos rachas en las que nos frecuentamos mucho. Últimamente estamos en un punto intermedio. Rara vez hablamos por teléfono, creo que nunca nos hemos mandado un correo y nuestras contadísimas salidas han sido para comer o algo así de tranquilo. Nuestras vidas están en momentos muy distintos y de por sí somos diferentes, pero eso no ha sido obstáculo para que nos llevemos de maravilla desde hace doce años que nos conocimos en la Facultad.

A mí me encanta ir a su casa y hablar y hablar. Además me siento comodísima. Con toda confianza le echo un ojo al refrigerador, me asomo a la despensa a ver si hay almendras, agarro uno de los vasos que me gustan y me sirvo agua o lo que yo quiera mientras la plática sigue y sigue. Entre el recorte, la puesta al día, los ¿qué pasó con ese chico?, ¿qué crees que me dijo mi mamá esta vez? y demás se nos van las horas sin que apenas nos demos cuenta. A veces pienso que la nuestra es una sola conversación apenas interrumpida por el flujo de nuestras vidas y esa sensación de continuidad la disfruto sobremanera.

viernes, agosto 31, 2007

Qué día

Hoy me dejaron plantada 2 dos 2 veces. Sí, 2 veces. Lamentablemente a las dos citas llegué temprano y la espera me pareció aun peor. Eso de ser puntual no es redituable, caray. Mi celular se quedó sin pila, así que tampoco hubo manera de que me avisaran qué estaba pasando. Acabé comiendo enfurruñada y me quedé sin ir al billar. Y yo que estaba feliz por tener magníficamente acomodada mi tarde de viernes. Diablos. Diablos y más diablos.

Lo que hizo menos terrible todo el asunto fue que primero estuve leyendo a Kafka y luego me topé con la versión original de Yambalalón y sus siete perros de Juan Villoro. Ese cuento era mi delicia cuando yo era niña. La versión que había en mi casa y que todavía debe seguir por ahí era la de Novelas Ilustradas.

Esa edición tipo libro vaquero de los años ochenta que intentaba poner al alcance de todos las obras cumbre de la literatura mexicana era un total acierto. A mí me encantaban y los leía y releía muy divertida. Los que más claramente recuerdo, además de Yambalalón y sus siete perros, son Se llevaron el cañon para Bachimba de Rafael F. Muñoz y El teniente de los gavilanes de Rafael de Zayas Enríquez. De La rebelión de los colgados de Bruno Traven no estoy segura, mi hermano se acordará, y había varios más. También me enteré de algunas partes de El periquillo sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi y de Monja, casada, virgen y mártir de Vicente Riva Palacio, pero nunca las leí completas porque sólo venía un pedazo en cada librito y nunca tuvimos todos.

Pero el de Villoro era el fovorito indiscutible. Un niño de 6 años se sumerge en la tina todas las tardes e inventa una historia en la que sus pies, a los que llama Víctor y Pablo, son los héroes que persiguen a Yambalalón, que junto a su terrible banda se dedica a asaltar el Banco Central. Sin embargo a la gente a quien se la cuenta le parece ridícula y el rechazo que más le duele es el de Víctor, su admirado compañero de escuela. Por eso, en un arranque de coraje, hace que Yambalalón decapite a sus héroes y les de sus cabezas de comer a los perros.

Debo haber leído esa historia cientos de veces. Hoy al leer su versión original vinieron a mi memoria cada uno de los dibujos con los que lo ilustraron, caí en la cuenta de que habían dejado el texto prácticamente íntegro y el conjunto entre presente y pasado me pareció maravilloso. Fue un excelente recuerdo de las tardes tranquilas en Cuautla, de los tiempos en que todo era sencillo. En aquel entonces mi hermano y yo nos turnábamos para ir a comprar krankis a la tienda, uno de mis primos vendía papalotes hechos con varas de carrizo y jugábamos beisbol en la esquina. Eran buenos aquellos días.

¿Por qué empecé todo esto? Ah, sí. Porque hoy me dejaron plantada 2 veces.

jueves, agosto 30, 2007

En las despedidas...

... mejor no mirar atrás.

miércoles, agosto 29, 2007

Oído al pasar

- ¿Qué onda, maestro? No que muy ocupado, que mucha chamba, que no sé qué y mire dónde lo vengo a encontrar. Jugando billar, con chelita y todo.

- Pues sí, mano, ya ves. Es que a veces uno tiene que despejarse.

- Eso que ni qué. La bronca es que yo nunca sé en qué ecuación estoy.

martes, agosto 28, 2007

Quién lo iba a decir

Hoy me diste una piedrita de colores. Dijiste algo sobre el gusano que ayer me echaste encima y me llenó de ronchas, pero no entendí. Después, cuando nos subimos al árbol, te gané la rama gordita, la que se balancea bonito. Lero, lero. Pero luego te desquitaste, me echaste arena en la ropa y tu mamá me tuvo que sacar el vestido para limpiármela toda. Creo que por eso me diste tu mermelada en la merienda. Mi mamá dice que ya no te voy a ver tan seguido porque tus papás consiguieron una casa más grande y van a irse.

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Qué tonto te has vuelto. La primera vez que te vi en la secundaria ni me saludaste. Te hiciste el loco y te fuiste con tus amigos. Baboso. Ahora andas con tu sonrisita estúpida todo el día y te sientes la gran cosa nomás porque eres güerito y las demás niñas se ríen de tus tonterías. Siempre andas presumiendo. En el recreo, en deportes, en los pasillos. Eres insoportable y he visto que te ríes de mí. Hoy te veías bien ridículo parado a la salida de la escuela con esa rosa fea en la mano. Yo ya sabía para quien era, para la tonta de Estela. Hacen buena pareja, es tan idiota como tú.

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Hace rato te encontramos cuando íbamos saliendo de la facultad. Yo no te reconocí pero mis amigas de inmediato te señalaron y empezaron a cuchichear: que Estela ya no aguanta vivir en tu casa, que los trabajos no te duran, que tu niño es enfermizo. Me quedé de una pieza. No tenía idea de lo que te había pasado. Me acuerdo que hubo cierto alboroto cuando salimos de tercer año, pero por esos días falleció mi abuelita y yo no me enteré realmente de nada. Sentí pena por tu situación, sin embargo, ahora somos nadie.

lunes, agosto 27, 2007

Leer y observar

La Perla de John Steinbeck es de esos libros cuya conclusión conoces recién adviertes el planteamiento. Sabes que el final te dejará triste, con un sentimiento de derrota quizá. Pese a todo, te dispones a leerlo. No tiene un lenguaje particularmente hermoso, no hay matices en su trama ni te transporta a un mundo desconocido. Entonces, ¿por qué continuar su lectura?

Al principio creí que a mí me motivaba el morbo. Que no me bastaba la certeza de que Kino, el protagonista, sufriría penas y humillaciones. Quería saber cuáles eran, quién las inflingía y de qué modo. Quería los detalles de la ruina que el hallazgo de la magnífica perla traería al pescador y a su pequeña familia. Interés malsano el mío, nada más.

Después creí que me movía la esperanza. Es cierto que a cada página deseé con todas mis fuerzas que algún golpe de suerte llegara en auxilio de este infortunado. Rogué por verlo liberado del torrente de desgracias que lo perseguían. Confié en que su suerte cambiaría, que la maldición se conjuraría por completo. Sabía que era en vano. Es por todos conocido que el hombre pobre que trata de oponerse a su destino acaba mal. Sus semejantes le volverán la espalda por envidia. Los más privilegiados no permitirán que se les acerque. Cualquiera querrá verlo destruido por lo que llamarán su ambición, aunque no sea más que el afán de no vivir en la miseria para siempre.

Solo cuando terminé de leer entendí porqué me había quedado hasta el final. La perla no es un relato, se trata en realidad de un cuadro. Y todo lo que hice fue contemplarlo largamente.

sábado, agosto 25, 2007

Soundscape

Tambuco se basta para hacernos pasar momentos memorables. El grupo nos recuerda magistralmente porqué, al principio, estuvieron las percusiones. Con su sencillez mecánica inherente, Tambuco puede despertar nuestro espíritu tribal, crear una atmósfera de sueño delirante o impregnarnos de júbilo carnavalesco.

Establecido pues que Tambuco es espectáculo suficiente, dada la calidad de su ensamble y la selección de su repertorio, situémoslos ahora en un escenario tan apretujado de instrumentos que uno más sería imposible, agreguemos un dibujante al centro cuyo lienzo se proyecta continuamente por encima de todos ellos y hagamos que los cinco ejecutan una serie de obras de manera coordinada. Tendremos una experiencia visual y auditiva completa.

Esta noche, mientras Kevork Mourad formaba paisajes, personajes o bellas abstracciones con pintura acrílica, Tambuco mostraba lo mejor de sí con un arrebato y precisión envidiables. Era cautivante el modo en que se desplazaban con precaución infinita para no provocar ningún ruido ajeno al montaje y el desborde con el que ejecutaban los que sí correspondían a él. En un momento, ensamble y artista intercambiaron papeles; éste pasó a golpear, aquellos a trazar. Pero el oficio rebasó al cuarteto, que de inmediato continuó la ejecución de la obra ya no con baquetas o escobillas sino con papel y lápiz. Mourad también dió sorpresas. En un momento determinado, después de haber llenado un círculo con pequeños trazos, permaneció quieto mientras alrededor de éste se formaban rayos que lo convirtieron en sol, luego pétalos que lo volvieron flor. Al final repitió la suerte de la animación. Esa mujer que delineó alta y serena cobró vida para bailar como quizá hubieramos querido hacerlo nosotros.

Sólo hubo dos cosas que lamentar en todo esto: que la funcion sólo haya durado una hora y que la Sala Miguel Covarrubias no haya llegado ni a un tercio de su capacidad. Ustedes se lo pierden.